Una decoración floral debajo del texto.. Un retrato floral para el encabezado de un capítulo; el personaje entre las vides es una niña nerviosa que lleva un pañuelo en la cabeza sujeto con una cuenta. Se encuentra en un bosque oscuro.

Heraldo de la Sombra — Capítulo Uno


Navaeli inhaló aire frío; cada respiración era como una docena de dagas en su pecho. Los árboles bloqueaban el viento de la noche, pero éste todavía azotaba con fuerza su piel. Era especialmente doloroso en la herida de flecha palpitante que tenía en el tobillo. La chica no tenía tiempo de cuidarlo.

El bosque a su alrededor quedó atrás en espesas capas de niebla y hojas, de sombras azules y tierra oscura. Arrancando su poncho de un arbusto, Navaeli huyó del resplandor lejano de las antorchas que proyectaban sombras rotas sobre los árboles; y de las figuras blindadas que las llevaban. La emblema grabada en sus pechera estaba demasiado lejos para distinguirla, pero Navaeli lo sabía de todos modos.

Un martillo de guerra cruzado sobre un martillo de forja: la marca de los caballeros de Irongardhe.

Mientras la tierra bajo los pies de Navaeli daba paso a piedras húmedas y limo, los perros de caza aullaban desde una distancia que ella deseaba que estuviera más lejos. Su llamado la atravesaba más profundo que cualquier flecha o espada.

Navaeli ahogó un quejido al tropezar con un río frío. El roce del agua la dejó entumecida.

«Has huido en la dirección equivocada», le susurró una voz divina. La voz era sedosa y femenina, acompañada de garras fantasmales que se aferraban a sus hombros con una fuerza que la hacía estremecerse. El repugnante sabor de ceniza y hueso llegó a su lengua. «Dirígete hacia el norte. Seguramente, puedas evitarlas de alguna manera».

—Ten paciencia —masculló Navaeli entre dientes—. Por favor.

Las garras fantasmales se apretaron y luego se desvanecieron.

Al oír que sus perseguidores ganaban terreno, Navaeli se sumergió en las frías corrientes. El río era ancho, pero poco profundo, y el agua lamía dulcemente la herida de flecha, ofreciéndole un entumecimiento placentero. En la otra orilla del río, luchó contra la espesa maleza. Sus piernas temblaban bajo ella. Rezando para que el crujido de las hojas no se escuchara, se desplomó entre el follaje.

Navaeli oyó a los perros gruñir mientras acechaban la ribera. Las voces de sus amos se alzaron en respuesta.

—La chica se fue por aquí —gritó uno de los caballeros—. Tu flecha debió haber dado en el blanco. Hay sangre en la tierra.

—¿Cruzó al otro lado?

A Navaeli se le erizó la piel. No se movía. No se atrevía a respirar. Incluso el latido de su corazón, acelerado en sus oídos, parecía querer delatarla.

—No estoy seguro. ¿No se dirigía al pueblo cuando la encontramos, verdad?

—Me parece bien. Es posible que haya nadado un poco para perder el rastro y luego haya regresado corriendo por donde vino. Dispérsense, rápido ahora; no podemos permitirnos perderla.

—¡Sí, señora!

Los ladridos resonaron en el lecho del río y el pesado ruido de las botas se desvaneció en el éter. Pasó un instante de quietud. Luego otro. ¿Era demasiado bueno para ser verdad? Navaeli contaba los segundos, esperando con la respiración contenida a que dieran la vuelta, cruzaran el río y la encontraran.

Finalmente, tuvo que admitir que la persecución había terminado. Los caballeros se habían ido. Un suspiro escapó de ella, seguido de un pequeño gemido. La sensibilidad había regresado a su herida. Calidez, acompañada de un dolor agudo. ¿No habia un momento de paz en esta vida, verdad?

Levantó la pierna de su sirwal y entrecerró los ojos para mirarse el tobillo. Ante sus ojos fluían oscuras rayas de sangre que provenían de una herida punzante que brillaba bajo la pálida luz de las estrellas.

Un sudor frío le corrió por el cuello. Sería su mala suerte escapar de Irongardhe solo para desangrarse antes del amanecer.

—Bueno, entonces —murmuró Navaeli al aire vacío—, ¿qué haremos al respecto?

La voz, como solía ocurrir, permaneció en silencio.

Bien.

No había vendas en su bolso, pero no era la primera vez que Navaeli tenía que arreglárselas sin nada. Su manos temblaban mientras buscaba a tientas el cuchillo escondido en su poncho. Cortó un poco del borde del poncho y envolvió la tela gruesa alrededor de su tobillo tan apretadamente como se atrevió.

Sin energía ni siquiera para sentarse, Navaeli se desplomó entre los helechos. No sería prudente quedarse donde estaba. Ellas podrían encontrarla. Pero el cansancio se había apoderado de ella y, por mucho que lo intentaba, no podía animarse a actuar.

—Si muero aquí afuera, solo podrás culparte a ti misma —susurró entre dientes.

Una leve burla decepcionada resonó en su mente. «Considérate afortunada de estar viva. Nada de esto te pasaría si me dejaras encargarme de todo».



We’re learning Spanish with one of our friends, and this is our attempt at translating the first chapter!